La grandeza del Rey dignifica al cozinero

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Castillo Windsor

Vista aérea del Castillo de Windsor.

La primera impresión es de un escenario para un cuento de hadas. La inmensidad del edificio, la maravillosa variedad de sus partes, la delicadeza y la fuerza que se afirman en todas ellas, todo en fin sugiere la sensación de que se está en presencia de algo que supera en mucho la realidad cotidiana. Este edificio, este fantástico conjunto de construcciones es al mismo tiempo, símbolo e tesoro de una institución: la realeza británica.

En ese símbolo – como en tantos otros de  Inglaterra tradicional — las apariencias aun no traen la marca del protestantismo, del liberalismo e del socialismo. Lo que en esas formas de granito se expresa es aun el concepto medieval y católico del origen divina del poder público, de la verdadera majestad de que el se debe cercar en cualquier régimen político, y del cuño paternal que lo debe caracterizar.

Cuño paternal, dijimos. Este castillo no visa exibir masa, sino talento; no fue hecho para intimidar, sino para encantar; el súbdito que lo contempla no estremece a vista de el, no siente voluntad de huir, sino de entrar.

Y esto por una razón simple: el  Rey es padre que llama afablemente a si los súbditos, y no carrasco que asusta.

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Las relaciones entre grandes e pequeños son influenciadas por este ambiente. La nobleza del señor se transmite a su servidor. Y la inmensa cozina de Windsor, muy auténticamente cozina, es indiscutiblemente una alta, noble y digna cozina de castillo, que comunica algo de la dignidad real a la humilde actividad servil, e le da un esplendor como que real.

Porque en la civilización Cristiana la grandeza del señor no humilla al servidor, sino que lo eleva.

AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES

“Catolicismo” Nº 104 – Agosto de 1959

 

 

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