La dulzura de vivir en la convivencia social

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La dulzura de vivir en la convivencia social

Plinio Correa de Oliveira
“CATOLICISMO” No. 147
Marzo de 1.963

 

Las revistas viejas tienen a veces un profundo encanto. Incluso -o sobre todo, cuando de ellas nos llegan apenas algunas hojas sueltas sin fecha definida que nos traen harapos de un pasado remoto. Publicamos hoy la traducción de un artículo de “L’Ilustration Journal Universel” titulado “Asiduos frecuentadores del Café Valois” de un columnista llamado A. de Belloy cuya memoria también el tiempo devoró.

 

¿De que época datan estas hojas? Las referencias que ellas nos suministran son muy inciertas. Tal vez entre 1.860 y 1.870. Sin embargo ellas tienen el mérito de recordarles a los lectores contemporáneos ciertos valores de la convivencia social que fueron desapareciendo en la medida que iban creciendo las grandes ciudades del siglo XIX, valores de los que ya no queda ni el más leve vestigio entre el público de las Babeles de cemento, hierro y asfalto de nuestros días. Valores preciosos que hacía más humana la convivencia social y que era el resultado de que en otros tiempos el centro de la civilización giraba más en torno a los bienes del alma que del cuerpo, mientras posteriormente el materialismo fue deformando cada vez más las costumbres y las instituciones.

Con la intención de provocar una reacción contra esta situación que hace sufrir a tantos espíritus nobles y oprime dolorosamente tantas energías sanas, publicamos entonces hoy un trecho largo del mencionado artículo.

 

El autor, tras evocar lo pintoresco de los cafés parisienses de la segunda mitad del siglo XIX –los unos centro de una vida social muy refinada, los otros de una efervescencia ideológica riquísima, lamenta que hubiesen sido sustituidos por cafés más modernos de pesado lujo banal inexpresivo, convertidos en establecimientos en que los clientes solamente piensan en comer o beber mientras que los propietarios solamente quieren ganar plata. En contraposición a este espíritu materialista, el articulista nos presenta pintorescos tipos humanos con sus maneras de relacionarse afable y confiadamente unos con otros, lo que era muy frecuente en aquellos antiguos cafés de París. Los personajes pintorescos que el articulista evoca son entonces el Commendeur Odoard de la Fère y el Marqués de N ya que los dos eran auténticos “Pilliers” del conocido Café Valois en el París de aquella segunda mitad del siglo XIX. Finalmente nos relata un hecho de la vida real ocurrido entre el Caballero de Lautrec y el dueño del establecimiento durante la Revolución Francesa, lo cual ilustra mucho acerca de la “douceur de vivre” que otrora había en el mencionado café.

 

Dejemos entonces con la palabra al articulista, el Señor A. de Belloy.

 

*

 

“Adiós ¡oh viejos tiempos! Adiós ¡oh fisonomía amable del dueño! Adiós ¡oh acogida respetuosa y sonriente de los mosos! Adiós ¡oh solemnes entradas de personajes a los que por pura curiosidad la gente iba a ver llegar al café!… entre otras las del Comendador Odoard de la Fère, digno y constante visitante del famoso Café Valois.

 

Al mediodía en punto el cañonazo del Palais-Royal anunciaba por coincidencia su llegada al café; el Comendador aparecía entonces en el umbral deteniéndose allí un momento para pasear la mirada afable y segura de sí, retomando con deleite sus hábitos. Con la mano derecha firmemente apoyada en un bastón -bastón con puño de porcelana blanca y azul- echaba para atrás con un gesto noble de su mano izquierda su vieja capa de color marrón gastado. Pero… no sonrían, por favor; nunca manto bordado de abejas o flores de lis doradas, fue recogido sobre el hombro con un gesto tal. Dicen que alguien vio por ahí a Talma el gran actor, venir al café Valois a estudiar furtivamente el elegante porte del Comendador para imitarlo, pero pobrecito… Talma no nació Comendador.

 

Echada para atrás su capa -que era algo así como una señal- Pierre el moso, con respetuoso tono y voz de barítono pronunciaba gravemente estas palabras: -Comendador Odoard de la Fère: Chocolate con crema, como de costumbre. Y entonces otro moso  re-trasmitía a la cocina la casi sacramental fórmula: ¡Comendador Odoard de la Fére: Chocolate con crema, como de costumbre!

 

El Comendador entonces encaminaba sus pasos hacia el fondo del salón, todavía sin saludar a nadie pero dirigiéndonos una mirada amable que parecía decirnos: Señores, primero están las damas. Llegaba al mostrador  y saludaba a la joven y buena Henriette; enseguida, tras intercambiar siempre las mismas palabras  con la jovencita, se sentaba en una mesa, o mejor, en su mesa, la mesa del Comendador. Allí instalado, después de alegrarnos con un amistoso saludo de leve inclinación de cabeza, se ponía a saborear su chocolate con crema como de costumbre, esto es, un pocillo de chocolate en el que le ponían la espuma de una lechera hirviendo. Y nadie piense por favor que esta pequeña atención era un privilegio exclusivo del Comendador. Cada uno de los clientes del Café, contemporáneos de este Señor, era mimado de la misma o mejor manera.

 

Por ejemplo el Marqués de Rivarol, hermano mayor del famoso escritor, que apreciaba mucho el moca puro sin mezcla de martinica tenía su cafetera especial aparte. El Barón de Jonzac que había tenido que ir a pasar en Inglaterra todo el tiempo del exilio por la persecución contra los nobles, elogió un día casualmente los sánduiches y pastelillos de su  hospedería Hay-Market de Londres. Al día siguiente encontró en la bandeja en que le servían su té pastelillos y sánduiches idénticos, y así fue diariamente de  ahí en adelante. El Caballero de Aï, en la merienda que tomaba hacia las tres de la tarde, mojaba un biscocho de Marsella en una emulsión de avellanas. Estas eran molidas en un pequeño mortero de ágata con pilón de sándalo delicadamente tallado, utensilios que él mismo había suministrado al Café y que por supuesto eran usados únicamente para él. El excelente y amable Marqués de N que no estaba, como él mismo lo decía, entre los vencedores, pedía que le guardaran dos de los cuatro terrones de azúcar que le ponían con su café en leche matutino. Entonces a la noche se los ponían nuevamente con un vaso, una pequeña garrafa de agua y un frasquito de esencia de flor de naranjero. Su amor propio quedaba entonces a salvo a los ojos de todo mundo y el no omitía consumirlos. Apenas que -cosa bien extraña y que el Marqués nunca notaba por lo increíblemente distraído que era- dos terrones de azúcar eran siempre un poco más grandes que los de la mañana, y de modo tan notable que pesaban casi el triple. Eso prodigio era obra de una pequeñita hada madrina que mostré hace poco de paso: la hija de la casa, la demosielle del mostrador, la buena Henriette.

Y de cuántos otros amables ardides ella no se valía para proporcionar discretos placeres a esos asiduos clientes nobles empobrecidos pero gallardos, cuyas susceptibilidades cumplía por encima de todo nunca herir.

 

Ella hacía el bien con gracia y habilidad. He aquí otro de sus pequeños estratagemas:

-Le puedo garantizar, Señor Marqués, que su Señoría ya pagó su cuenta el pasado martes.

-¿Qué ya pagué mi cuenta? Esa sí que está buena, claro que no!

-Perfectamente me acuerdo, Señor Marqués: martes pasado, en la tarde, a la hora del café.

-Pero eso solo es un sueño suyo mi pequeña buena niña. El martes pasado yo no tenía… en fin, yo sé bien lo que estoy diciendo.

-Entonces yo no sé. Gracias por su gentileza. Pero felizmente aquí está mi libro de cuentas que da fe, y su Señoría puede ver que su nombre está tachado ya. ¿Y ahora qué me puede decir su Señoría?

-Digo, digo que están pensando que soy un niño. Yo estoy moralmente seguro…

-¡Ah! Allá viene papá. Papá, Su Señoría el Marqués de N está insistiendo en que no pagó su cuenta el pasado martes en la tarde a la hora de irse. Afortunadamente Su Merced vio ¿no es así papá?

Y el propietario, advertido por una discreta señal:

-¡Ah! En cuanto a esto lamento Señor Marqués tener que contradecirle y quedo muy constreñido, pero su Señoría sabe muy bien que no acostumbro recibir un pago dos veces. Mi niña es muy astuta y nunca se engaña en contra mía.

-¡Vamos!, esto me parece demasiado. Padre e hija está bromeando conmigo.

-Escuche Señor marqués. Como no vamos a llegar a ningún acuerdo entonces vamos a zanjar esta pequeña dificultad: Su Señoría nos dará únicamente 9 francos que es la mitad de lo que usted juzga estar debiéndonos. Pero debo advertirle que solamente serán los meseros los que sacarán ventaja de esta confusión. Pues el Señor Marqués no puede obligarme a que yo me quede con una suma que no se me debe.

-¡Muy bien! Entonces quedemos así toda vez que ustedes dos parecen tan seguros y yo… Es increíble. Hubiera sido capaz de jurar. En fin, hagan como les parezca. Aquí tienen 10 francos y por favor dejen uno para los meseros.

Y mientras el Marqués se apartaba Henriette conteniendo la risa hacía una señal para uno de los meseros:

-Pierre, aquí está una propina del Señor Marqués para usted y sus colegas.

Entonces los 10 francos caían ruidosamente en la urna de plaqué que servía de alcancía. Y el Marqués era atendido inmediatamente con redoblado respeto y celo.

 

Ahí tienen -me dirán algunos lectores- un dueño de café ciertamente muy original, pero que seguramente nunca hizo fortuna. Es lo que veremos más tarde. Pero puedo adelantarles desde luego que este excelente señor no descuidaba de ninguna manera sus negocios. Apenas era que los entendía de manera diferente a la mayoría de sus cofrades y no por eso era el peor de ellos.

 

Este modo de tratar a la clientela era heredado de sus antepasados de la misma manera que la bondad que lo causaba. Veamos el siguiente hecho:

 

En 1.789 el autor de los días de la vivaz Henriette era apenas un muchachito de 10 o 12 años de edad. Su padre, antiguo mayordomo del Príncipe de Contí, explotaba en Paris ese mismo Café Valois de su propiedad -en aquel entonces más o menos desprovisto de cualquier color político- y en el mismo local. Entre los frecuentadores de la casa se destacaba por sus nobles maneras, elegante porte y pierna de palo el distinguido Caballero de Lautrec del segundo ramo, antiguo Brigadier de los Ejércitos del Rey, Caballero de la Orden de Malta, de la de San Luis, de la de San Mauricio y de la de San Lázaro. Hombre ya maduro, el Caballero de Lautrec vivía muy modestamente pero con dignidad de una pensión de jubilado. Apareciendo muy raramente en sociedad, era solamente en el Palais-Royal o en el Café Valois que él se dejaba ver. De sobra se sabía que era un espíritu muy cultivado y lector asiduo de todos los periódicos.     Privado de un momento a otro por el gobierno revolucionario de su pequeña pensión ¿de qué entonces vivía el Caballero Lautrec en una época en que era tan difícil vivir y tan fácil morir? Fue lo que nunca se supo. Sin embargo he aquí algo que lanza una media luz sobre ese misterio.

 

Cierta mañana, después de tomar como de costumbre en el Café Valois una muy modesta refección, el Caballero de Lautrec se levantó de su mesa y  se acercó como le era habitual al mostrador donde estaba la esposa del dueño. Con un leve ademán de los ojos se despidió del dueño y se retiró con cierta majestad sin decir ninguna palabra acerca de la cuenta. Al día siguiente se comportó del mismo modo, y así también al otro día, los días subsiguientes, las semanas, los meses y… los años. Sin nunca el propietario del establecimiento recibir al menos una sola explicación y por supuesto sin este pensar tampoco en pedírsela.

 

Solamente unos pocos días después de aquella singular salida, el Caballero dijo en tono un tanto indiferente al propietario mientras miraba directamente al niño: He aquí un caballerito que debe estar aprendiendo muy poco en estos tiempos de colegios clausurados. Usted debería mandarlo a mi casa todos los días entre 1 y 4 de la tarde para que yo le enseñe algo de matemáticas elementales e inglés, que lo hablo razonablemente. Esto ciertamente no le va a ser inútil si algún día tiene que ocupar el lugar suyo en el Café. Además no tengo mucho que hacer a esas horas y las clases me distraerían un poco.

-El Señor Caballero es verdaderamente bondadoso y mil veces bondadoso. Lo que nos propone sería un servicio inestimable en estos tiempos, pero nos parece que no podemos abusar de esa manera.

-Les estoy diciendo que es a mí que ustedes harían un buen favor, interrumpió el Caballero. El timbre de su voz era tan suave respecto a sus ojos trasbordando autoridad, que el digno dueño del Café -verdaderamente bien dotado para apreciar estos contrastes- por poco fue que no le puso enseguida el hijo en los brazos.

-Señor Caballero, Su Señoría es excesivamente generoso con nosotros. Mi hijo le pertenece desde ahora, así como toda mi casa hoy, mañana y siempre.

 

Y un 7 de diciembre de 1.817 a las 11 horas de la mañana, esto es ventiséis años exactamente, por día y por hora después de esta breve conversación, incluidos ahí los años de lecciones, el Caballero de Lautrec ya muy entrado en años llegó como de costumbre en el Café Valois. El antiguo propietario había muerto hacía cinco años atrás y ahora el hijo le había sucedido. El Caballero, tras almorzar y con muy buen apetito, solicitó con mucha naturalidad la cuenta al moso mientras doblaba la blanca servilleta. El propietario ni pestañeó. Simplemente intercambió unas breves palabras con su joven esposa y diez minutos después el Caballero recibía una cuenta que totalizaba la suma de 16.890 francos por 8.490 almuerzos servidos a razón de dos francos por cada uno, unos con otros. Entonces el envejecido gentilhombre echó una rápida mirada sobre el total, abrió su cartera, sacó el montante en varios billetes y los entregó al mesero junto con la cuenta diciéndole que guardara el cambio el cual llegaba exactamente a 520 francos.

En seguida se levantó, probablemente sintiéndose más liviano, aunque nada de eso se notara en su fisonomía, se acercó al mostrador del Café según su antiguo hábito, intercambió breves palabras con la dueña y después se dirigió lentamente hasta la puerta. Allí, como el dueño con su servilleta colgada al brazo se apartara respetuo-samente para darle el paso abriéndole la puerta, el Caballero le tomó la mano gravemente con las dos suyas y la apretó con cierta efusión.

La muda escena que acabamos de describir no se le escapó a la mirada inteligente del Marqués de Rivarol que entraba al Café en ese momento tras verificar que su reloj estuviera de acuerdo con el del Palais-Royal. Vivamente intrigado con lo que viera, y atribuyéndolo con mucha razón a especialísimas circunstancias, tanto insistió que al fin obtuvo debidos esclarecimientos  de la excelente, un tanto simplona y vanidosa esposa del propietario del Café.

 

Y fue el propio Marqués quien en 1.834 me contó esta edificante historia. Con la Restauración, el Caballero de Lautrec, en calidad de heredero de uno de sus hermanos fallecido poco antes en Coblentz  había tenido su parte en la repartición de la herencia que aunque apreciable, la casi totalidad que le correspondió al Caballero fue consumida en pagar deudas considerables bien atrasadas. Pero gracias a la pensión que le fue devuelta, el Caballero Lautrec pudo terminar sus días en una agradable holgura económica y siempre fiel al Café Valois para cuyo progreso el mismo Caballero contribuyó notablemente”.

 

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