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Protocolo, respeto y suicidio

22 septiembre 2017

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Estimado radioyente:

Ud. debe concordar con nosotros en que si hay alguna palabra que ha salido del vocabulario común de las personas es la palabra: protocolo.

Más que salir el vocablo, lo que ha salido es el propio concepto de lo que sea el protocolo. La idea del protocolo parece una rareza que sólo existe en el campo de las escrituras notariales.

Pero en el mundo de las relaciones personales, ya hace mucho que salió de uso. Incluso en el mundo de las relaciones internacionales, donde duró un poco más, ya tampoco se le da importancia. Hoy queda bonito decir que un Presidente “se salió del protocolo”, o que la ceremonia no tuvo nada de protocolar.

Para muchos la idea de “protocolo” se asocia a la de poca autenticidad, a falta de espontaneidad, a convencional, etc. Y como lo que hoy se valora es sólo lo que es  espontáneo, lo natural, lo auténtico; entonces, lo “protocolar” es visto con antipatía.

La pregunta que es necesario responder, es si siempre y en todas las ocasiones, deben primar la espontaneidad, y si el protocolo siempre debe ser relegado a las cosas perimidas.

Para responder a esta pregunta aclaremos en primer lugar los conceptos. ¿Qué quiere decir protocolo?

Etimológicamente la palabra se divide en dos conceptos, proto, que en griego quiere decir primero y cola, que quiere decir añadido, pegado. Si lo tuviéramos que traducir literalmente diríamos que es un añadido primero.

¿Y en qué consiste este “pequeño añadido o pegado”?

Precisamente en que, antes de entrar en cualquier tipo de materia, se deben observar ciertas normas de buena  conducta. Por ejemplo, un profesor en la mañana debe saludar a sus alumnos antes de comenzar la clase, y estos deben responderle. Es un pequeño protocolo que se hace sin que nos demos cuenta.  

Lo mismo se puede decir de la despedida. Partir sin hacer al menos una pequeña señal de despedida, es considerado normalmente como una mala educación.  Y así podríamos dar mil ejemplos de cómo el protocolo, a pesar de parecer tan en desuso, es mucho más observado de lo que parece a primera vista.

Lo que ocurre es que el protocolo no es sino una exteriorización de otro concepto anterior y que también parece bastante olvidado: es el respeto.

Cuando entre las personas, ya sean ellas iguales o diferentes, existe un respeto recíproco,  entonces la vida se llena de pequeñas consideraciones. Estas consideraciones previas, cuando alcanzan un cierto tiempo se institucionalizan, y cuando ya son instituciones, nace entonces el protocolo.

¿Cuándo fue, por ejemplo, que el primer hombre saludó a otro? ¿Cómo fue el primer saludo? ¿Cuáles fueron los gestos que se convinieron para expresarlo?

Son cosas que se pierden en la noche de los tiempos y en  las diferentes civilizaciones. Pero es tan común al género humano, que no existe pueblo ni cultura que no tenga un protocolo para saludarse y despedirse.

Pasamos ahora a responder a algún objetante que nos diga que esas fórmulas no son auténticas ni espontáneas, pues ellas obedecen a una convención.

A este objetante le decimos que si los hombres no conservamos ciertas convenciones, y sólo nos dejamos llevar por nuestra espontaneidad natural, dejamos de ser seres pensantes, y pasamos a comportarnos de acuerdo a nuestros instintos. Y como lo propio del hombre es el de ser un animal racional, si renunciamos a lo racional y nos guiamos sólo por los instintos pasamos a ser meros animales.  

Lógicamente que esto no quiere decir que no haya ocasiones y circunstancias en que lo espontáneo deba primar, pero tal espontaneidad nunca puede significar una animadversión a lo razonable.  

Quizá algún oyente nos pregunte ¿Cuál es el interés en las consideraciones que estamos entregando en este programa?

Le respondemos que el interés consiste en saber que tanto el protocolo cuanto el respeto, al contrario de lo que se piensa, hacen la vida mucho más llevadera y variada que un trato completamente banal e igualitario.

Y esto no es una cuestión sin importancia.

Para dar un ejemplo de vida de protocolo que hasta hace poco todos los novios observaban.  Existía una declaración de amor de parte del varón, nunca de la mujer. Ella podía corresponder o rechazar, pero la iniciativa no estaba con la mujer. Si ella aceptaba, existía un tiempo natural de noviazgo en el cual, ambos, sin faltar el respeto mutuo se conocían mejor. Si congeniaban en su modo de ser y en sus anhelos de formar una familia, entonces el novio debía pedir la mano a su futuro suegro, quien por lo general, se conformaba con la elección de su hija. Después venían las visitas de las respectivas  familias, que no necesariamente producía las mejores impresiones recíprocas, pero que no se podía obviar.

Finalmente llegaba la boda y se constituía una nueva familia.

De todo este protocolo, ¿qué queda?

Muy poco o casi nada. Hoy, muchas veces en las relaciones entre los jóvenes  se queman todas las etapas,  se acaban las distancias, el trato no es más respetuoso, lo que interesa es lo inmediato, lo que produce sensaciones fuertes, casi diríamos lo meramente animal.

¿Y cuál es el resultado de este tipo de relaciones meramente espontáneas y naturales?

Es que sobre meras reacciones instintivas no se pueden construir instituciones perdurables.  Muy sabiamente la Iglesia en la ceremonia del matrimonio hace declarar a los novios: “… prometo serte fiel, amarte, cuidarte y respetarte, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.”

Esta no es una mera fórmula de protocolo, es la necesaria advertencia de que ellos tendrán que pasar, como todos pasamos todos los seres humanos, por la adversidad, y cuando ella venga, si hubo un respeto previo y una clara conciencia de la fragilidad de todas las cosas pasajeras, como la salud, la riqueza, la belleza, la juventud, etc., entonces, y sólo entonces los contrayentes podrán enfrentarlas y resistir con firmeza.

Por último, lleguemos a la conclusión más extrema de lo que estamos comentando. Ella nos indicará lo importante del tema.

La vida cuando no está pauteada por este respeto mutuo, fruto sobrenatural de un amor a Dios Creador y del prójimo por amor de Dios, entonces no da gusto de ser vivida.

Es lo que explica el impresionante número de suicidios de que informó recientemente el Servicio Médico Legal de Chile.

“Ahorcamiento, asfixia y envenenamiento son algunas de las lesiones autoinfligidas que más se repiten en los informes como resultado de las autopsias que se realizan al interior del recinto médico. Estas representan la tercera causa de fallecimiento dentro del listado que entregó la entidad.

“Según las estadísticas proporcionadas por el servicio, el año 2015 se realizaron 1.705 documentos, que establecieron como principal motivo de fallecimiento las “lesiones autoinfligidas intencionalmente”, traduciéndose en el 17% de los resultados.

“Para el director nacional, Dr. Juan de Dios Reyes Magallanes, este no es un hecho aislado en la realidad nacional, ya que, según explicó, “el 80% de las personas viven con alguna alteración mental, ya sea depresión o exaltación del ánimo”.

Hasta aquí la noticia del pasado 2 de noviembre.

Nuestra conclusión es que las impresionantes cifras de suicidio están muy relacionadas con esta pérdida de la consideración y del respeto mutuo entre las persona.

Si todos nos tratáramos con la caridad que Dios nos manda en el Primer Mandamiento, y que no es sino el reflejo del amor que a Él se le debe. Si, como consecuencia de esta caridad, las personas tuvieran más respeto en el trato entre ellas; si hubiera respeto a todas las normas que hace más vivible la vida de todos los días, entonces ciertamente que estas cifras  de suicidio serían mucho más bajas.

Estimado radioyente, el tema da para mucho más, pero lamentablemente el espacio no nos permite extendernos.

Gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en www.accionfamilia.org.

Hasta la próxima semana en esta misma SU emisora.

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