Gatos y perros

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“No porque yo a un gato le pongo nombre de perro, comienza a ser perro”. Las declaraciones del cardenal Ezzati respecto al proyecto de ley sobre identidad de género han sido polémicas. No obstante, atienden a un punto de fondo. El artículo 1° del proyecto resulta esclarecedor: “Se entenderá por identidad de género la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente respecto de sí misma, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento”. El género remite a una categoría relacional, no a una distinción natural.

Según la OMS, éste se refiere a “los roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres”. Esta noción se introduce para minar la honda raigambre natural de la sexualidad que hace que las personas sean varones o mujeres. Por eso es que, sin importar el sexo que un individuo posea (o sea), ahora será su “vivencia interna e individual” del género tal como aquél lo sienta respecto de sí mismo (subjetivamente), aquello que será relevante para la identidad de una persona.

Esta ley generará dos consecuencias cruciales. Una antropológica: la idea de ser humano del ordenamiento jurídico será modificada en sus fundamentos, desconociendo la existencia de una naturaleza humana y dejando entregada a la “construcción social” la comprensión del ser personal. Otra práctica: se abrirá la puerta para innumerables sinrazones. No tendrá sentido defender que el matrimonio es un contrato entre un hombre y una mujer, pues no será importante cuando lo definitorio en la identidad personal sea el género, no el sexo. En los hechos quedará prelegislado el denominado “matrimonio igualitario”. También carecerá de lógica debatir qué es una familia.

¿Cuántos tipos de género llegarán a reconocerse? Existen listados que ya incluyen más de 30. Como se trata de una cuestión de índole absolutamente subjetiva, en principio será posible que se den tantos géneros como sujetos individuales existan. Por otra parte, ¿cuántas veces una misma persona podrá alegar que cambió de género? Al final de cuenta se tratará de sus sentires interiores, tan volubles como inescrutables para los demás miembros de la comunidad ¿Y qué decir sobre la educación de los hijos? ¿Es esperable que los padres puedan formarlos teniendo en consideración su natural condición sexuada o, pensando en sus “derechos individuales”, tendrán que esforzarse en que experimenten diversas autopercepciones de género para que después puedan optar por la que sus sentimientos le indiquen? ¿O será la educación escolar la que se hará cargo de mostrar a los infantes la amplia gama de ellos entre los que podrán elegir?

La legislación sobre identidad de género resultará extraordinariamente determinante. En ella se juegan los pilares que configuran el orden social: la propia identidad personal, el matrimonio, la familia y la educación de los hijos. Su impacto desintegrador superará con creces los beneficios esperados en el intento por solucionar situaciones particulares excepcionales. Pese a quien pesare el cardenal lleva razón: la realidad no muta por simples alteraciones de nombres. El asunto es más profundo.

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